Carlos Duguech -  Analista internacional

Avanzada la oscuridad cerca de la medianoche del 8 de mayo de 1945 -cuando ya habían transcurrido 2.076 días desde la invasión a Polonia de las tropas nazis, el 1 de septiembre de 1939- las manos de militares responsables de ambas partes (Aliados y la Alemania de Hitler) trocaron sus instrumentos. Ya no los gatillos de los fusiles y ametralladoras y los mecanismos disparadores de muerte -tanques, cañones y aviones- sino las lapiceras para dibujar las respectivas firmas de los militares de alta graduación y principal responsabilidad. Gestos adustos, respeto de uno por el otro. Uno suscribiendo la rendición de su país frente a quien representaba a los países vencedores. En esas escenas (Reims, el 7 de mayo) y en Berlín (el día siguiente) no hubo ni sangre ni escombros ni ruidos de guerra. El hombre frente al hombre, acordando.

A más de siete décadas de aquella tragedia de la Humanidad, principalmente sufrida en la Europa de la “Gran Guerra” (1914-1918) y el Japón de las pruebas de campo de las dos bombas atómicas de agosto de 1945, vale tener presente el número de víctimas mortales. Números de toda magnitud desde 55 millones hasta 60 millones. No “dicen” demasiado en tanto no podemos tener idea cabal de esa cantidad millonaria de personas victimizadas en la contienda. En la foto de agosto de 1963, la célebre marcha en Washington, se ve a Martin Luther King pronunciando su famoso discurso que consolidó la frase “I have a dream” y se puede apreciar a primera vista una concentración que oscila- según se informó- entre las 200.000 y 300.000 personas. ¿Cómo será imaginar 55 millones? Absolutamente imposible.

Están disponibles, sin embargo, reglas mnemotécnicas que se podrían utilizar en auxilio de la incapacidad humana de percibir de la mejor manera una cifra tan enorme. Y particularmente, una cifra configurada por la perversa matriz que le dio origen. Desde el inicio de la invasión a Polonia por las huestes hitlerianas hasta la capitulación de Japón transcurrieron 2.193 días.

El Club Atlético Tucumán posee un estadio con una capacidad de 35.200 espectadores. Una operación aritmética hace posible relacionar el número de víctimas de la IIGM con las veces que se puede colmar ese estadio. El número es: 1.562. Y hasta aquí, no nos termina de dar una idea clara del significado horroroso de la totalidad de las víctimas. La IIGM fue una increíble saga de muertes, destrucción de ciudades y pueblos enteros. Una miríada de casos dolorosos: familias dispersadas sin miramientos; el Holocausto, vaya ejemplo, incluido.

Con la simple operación aritmética se puede consolidar una impactante expresión mnemotécnica: cada cuatro días, durante seis años (desde 1939 hasta 1945) el equivalente de muertos de ¡tres canchas de Atlético colmadas!

Sí, ¡3 canchas llenas cada cuatro días de guerra durante seis años! ¿Para qué más datos para tomar conciencia de la magnitud de esa claudicación insana del género humano?

Casi una epopeya

El “Tratado sobre la prohibición de las armas nucleares”, que fuera aprobado por una conferencia que tuvo lugar en la sede de Naciones Unidas, el 7 de julio de 2017, entrará en vigencia cuando 50 estados-parte lo ratifiquen. Conviene señalar aquí que los estados nucleares (EEUU, Gran Bretaña, China, Israel, Rusia, Francia, Pakistán, India y Corea del Norte) no se conformaron con no firmarlo sino que, además, hicieron todos los esfuerzos para boicotear esa epopeya de la diplomacia mundial. La que osó, nada menos, aprobar un tratado de prohibición de armas nucleares. Aún no llegan a 15 los países miembros que lo ratificaron. Argentina, es sano señalarlo, cada tanto (según qué gobierno, democrático o militar de facto) pone en evidencia que su sistema de relaciones exteriores salta de un punto a otro. Por ejemplo, se mantuvo neutral durante la IIGM y sólo por presiones de algunos de los Aliados (EEUU entre ellos) y por consejo de países hermanos latinoamericanos, declara la guerra a Japón y Alemania (en ese orden) mediante el Decreto 6.945 del 27 de marzo de 1945, que, además, adhería al Acta de Chapultepec (Conferencia Interamericana sobre problemas de la guerra y de la paz). ¡Sólo 42 días antes de la rendición alemana!

Otro ejemplo contemporáneo que Argentina muestra como una incoherencia o saltos en su política exterior y de relaciones internacionales: nuestro país votó por el Tratado de prohibición de las armas nucleares el 7 de julio de 2017, pero cuando se abrió a la firma el 20 de septiembre de ese año, no lo firmó. Obviamente, tampoco lo ratificó.

¿Y en una guerra nuclear?

El tenebroso tiempo en que se supone podría estallar una guerra nuclear, y teniendo en cuenta los arsenales de cabezas nucleares y sus portadores y las bases dispersas en distintos lugares del hemisferio norte, lleva a suponer -con un grado aceptable de realismo- que las armas probadas en Hiroshima y Nagasaki (260.000 muertes en dos jornadas) expresan su macabra señal: más de siete décadas después, toda la tecnología militar alcanzó grados de perfección antes inimaginados. Una guía precisa al objetivo, sin fallas, de toda bomba u otro proyectil disparado; efectos destructivos aún más inmensos.

Aun desde un concepto demasiado conservador -suponer que la efectividad de las armas nucleares hoy es apenas cinco veces mayor que las arrojadas en Japón- hacemos el cálculo y llegamos a una conclusión: en 85 días de bombardeo, en una IIIGMN (Tercera Guerra Mundial Nuclear) provocaría -además de otras calamidades que se pueden imaginar- 55 millones de víctimas fatales. ¡No en seis años, sólo en 85 días!

La guerra, las guerras, únicamente les sirven a los fabricantes de armas y a los bancos que los financian.

Un desarme sólo será posible si se planifica y se ejecuta una reconversión industrial, que preserve los intereses de los que hoy se benefician con las guerras que se concretan y las que se suponen con las consabidas (y a veces mentirosas) hipótesis de conflicto: su “marketing”.